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Mi
Historia.
Hace mucho tiempo a una de mis hermanas le regalaron
un
Agapornis.
Lo tenían en una pequeña jaula
y era como uno más de la familia. Le
llamaron Pikito y todos los veranos,
como todos en casa, hacía su mudanza al
campo
para pasar los meses de vacaciones.
El verano de 2003 cambiaría su vida
totalmente.
Estando en
el jardín de la casa del campo reposando tranquilamente como
siempre, recibió
una visita inesperada.
Otro Agapornis, que probablemente había escapado de sus
dueños, se acercó
hasta su jaula, supongo que hambriento y atraído por la
comida.
Casualmente yo estaba en casa de mi hermana de visita.
Cuando nos dimos cuenta
de su presencia todos acudimos sigilosamente al jardín para
verlos y decidimos
intentar cazarlo.
Nos hicimos con toallas y nos lanzamos sobre él pero
huía sin
manera alguna de poder atraparlo.
Se me
ocurrió poner la jaula en el suelo, ya que una y otra
vez el extraño visitante
acudía a la cita y de esa manera
nos sería más fácil
la hazaña.
En uno de esos intentos y mientras iniciaba su
escapada al vuelo, me
lancé sobre él y
por fin quedó atrapado bajo unas
sábanas que cogí para que fuera más
fácil
conseguirlo.
Al momento lo metimos junto a Pikito que observaba
anonadado
como su
territorio se había visto invadido por un extraño
compañero.
Su primera reacción fue hincharse a comer,
pero acto seguido
nos quedó claro que
se trataba de una hembra por el repentino flechazo del que
éramos testigos, y la
bautizamos como Pikita. Ese fue el comienzo de un largo y
prolífico amor.
En esos momentos ellos desconocían que poco
después el
cambio en sus vidas sería aun más radical.
Al verano siguiente mi hermana y su familia decidieron
realizar un viaje a París y me
pidieron por favor que les hiciera de niñero de
agapornis durante un par de semanas y no me pude negar.
Nada más recibirlos les compré
un nido de madera para que
pudieran dormir calentitos
pero mi sorpresa fue cuando me encontré con esto:

Como
siempre me gustaron los animales, me puse a informarme a cerca de estos
psitácidos y
les coloqué en su jaulita unas hojas de palmera que Pikita
se
encargaba de ir metiendo
en su nido y tejiéndolas de una manera espectacular
iba acomodando su camita.
Fue
cuestión de días y mirando cómo iba el
avance de su
construcción ¡ZAS! Sorpresa.
Allí estaban sus primeros huevos:

Como todo el mundo comprenderá cuando mi
hermana regresó de
su viaje ya
no podía llevarse a los Pikitos, o de lo contrario sus
huevos
corrían el peligro de morir.
En su primera nidada nació Pichina, que se
suponía
que era para mí y yo tendría que devolver
a sus padres a sus legítimos dueños.
De una manera o de otra me las arreglé para que los Pikitos
nunca más salieran
de mi casa y desde ese momento se convirtieron en los reyes de mi hogar
y todos
los mimos que les daba me parecían poco para ellos.
Lo primero
que hice fue comprarles una jaula mucho mayor para que se sintieran
más cómodos
y ya en su segunda puesta me regalaron una sorpresa. En esta siguiente
nidada
nacieron ya cuatro ejemplares
demostrando los progenitores que ya eran
criadores más expertos. Pero había un problema.
Tres de ellos tenían unos
grandes ojos negros pero el cuarto apenas tenía ojos y yo
pensé que
nació con
algún tipo de defecto, incluso comentaba que seguramente
sería ciego.
Hasta su
piel y sus patitas eran más rosadas y débiles.
Pasaron un par de semanas y sus
hermanos lucían un plumón verde igual que sus
padres y el pobre debilucho
apenas asomaba unas
plumillas muy claras y seguía sin notársele
apenas los ojos.
Mi sobrina, que por aquel entonces
solo contaba con doce años, proclamaba que de
confirmarse su ceguera, ella misma se encargaría
de cuidar al pobre cieguito. Nuevamente me
puse a investigar y…
resultó ser el patito feo… se trataba de mi
primer
ejemplar Lutino y en poco tiempo
fue el más bonito de la jaula.
Me
puse a
intercambiar con otros criadores y conseguí un macho
Pallid para Pichina y
otro Ancestral para la Lutina. Así
están en la actualidad:
Todo el día “enganchados al amor”.
Esos fueron mis comienzos.
Continué mi labor de intercambio
y alguna que otra compra.
Inicié la construcción de mis voladeras y fueron
llegando
Príncipe y Blancanieves, Nobita y Sizuka,
Tarzán y Jane, Copito y Ceniza,
Charlie y Queen, y así hasta completar las 16 parejas que
tengo actualmente.



Hoy en día se puede decir que poseo una
buena colección
de Agapornis.
Los ejemplares que me voy quedando son auténticas
bellezas y sigo estudiando a estos fascinantes
animales de los que nunca se termina de aprender.
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